"El que no vive para servir, no sirve para vivir" Madre Teresa de Calcuta
Madrugar para muchos significa empezar su rutina diaria. Tal vez esa es una de las razones por las cuales la mayoría de las personas no está predispuesta a un evento tan desafortunado como un terremoto. Así ocurrió la mañana del 10 de agosto de este año 2026, en un fin de semana festivo, un fin de semana que traía consigo los vientos de agosto ideales para los niños, familias y sus cometas a tan solo 3 días de la posesión de un nuevo gobierno.
los vientos soplaban mientras las ciudades empezaban a emitir su sonido característico y en los campos ya caminaban quienes cosechan y generan alimento para el país, a las 07:34 de la mañana, Colombia sintió el movimiento tectónico de la tierra que no nos pertenece: un terremoto de magnitud 7,4 en la escala de Richter, cuyo epicentro fue el municipio de San José del Palmar, en el noroccidente del Chocó, a una profundidad de 96 kilómetros. El terremoto provocó afectaciones en los departamentos de Caldas, Valle del Cauca, Risaralda, Chocó y Quindío.
Los cables empezaron a mecerse de lado a lado, los animales estaban inquietos, las alarmas comenzaron a sonar, los objetos de las viviendas dejaron de adornar, las aguas se agitaban y las estructuras empezaron a desintegrarse como si de migas de pan se tratase.
Según el PMU (puestos de mando unificado) de la alcaldía de Cali y diferentes medios de comunicación, se reportan aproximadamente 181 fallecidos y una cifra que supera los mil heridos. A su vez, el evento dejó cientos de estructuras colapsadas y otras con daños impredecibles. Sin embargo, la infraestructura pasa a un segundo plano cuando hablamos de vidas.
No hace mucho, nuestro país hermano Venezuela estaba viviendo esta misma situación. Es allí donde debemos comprender la necesidad de unirnos como humanos y no vivir como seres individuales, Pues, aunque se ven las labores de acción y a la gente unida en comunidad, solo se llega a estos escenarios una vez que los problemas dejan de ser individuales y se convierten en colectivos.
Hoy no es solo un sentir propio; nos mueven las ganas de querer salvar a la mayor cantidad de familias, de niños, niñas y personas que hacen parte de una sociedad que, década tras década, tiene que afrontar una guerra tras otra y un sentido individual que hace de un fenómeno natural un espejo de genocidios y muertes sin sentido, promovidas por discursos de orden y justicia.










